jueves, 6 de febrero de 2020

04. “EL ESPÍRITU: UN TESTIGO” I. LA VENIDA DEL ESPÍRITU.


El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.  (Romanos 8: 16).
Si el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, ¿cuáles serán los resultados?  El creyente someterá todo su ser a la voluntad divina.  Entonces, en su maravillosa condescendencia, la Majestad de los cielos establece una santa relación familiar con los que lo buscan de todo corazón.  Como consecuencia, mediante una abundante manifestación de la gracia de Dios, el hijo del Altísimo -el creyente-, es llevado a mantener con su Padre una dependencia semejante a la de los niños con los suyos.  Consagre a Dios todo su ser cuerpo y espíritu con entera confianza en su poder y en su voluntad de bendecirlo, no importa cuán desvalido e indigno sea usted.  "Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1: 12).

No caiga en la actividad impaciente, sino sea celoso en la fe, con un sólo propósito definido: atraer creyentes a Cristo, el Redentor crucificado.  Esta obra no se realiza como resultado de un sermón lógico que logra convencer al intelecto.  El corazón necesita ser persuadido y ablandado por la ternura.  La voluntad tiene que ser sometida al arbitrio de Dios, y todas las aspiraciones deben tener una orientación celestial.  Aliméntese de la Palabra del Dios viviente.  El efecto debe verse en la vida práctica.  Ella debe apoderarse de los comandos de todo el ser...

Cuando confiemos plenamente en Cristo, nos daremos a nosotros mismos en ofrenda a Dios.  Nuestra dependencia estará centrada en la virtud y en la intercesión de Cristo como nuestra única esperanza.  No hay confusión, ni sospecha, puesto que por la fe vemos a Jesús, el enviado de Dios, cuya misión es lograr la reconciliación con los pecadores.  Si deseamos creer solamente en Cristo, él está comprometido con un pacto solemne de mediar en favor de los que, por su intermedio, se acercan al Padre, con el propósito de garantizar su salvación.  Este privilegio está garantizado si nos acercamos confiadamente el trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
Manuscript Releases, t. 14, pp. 276, 277. 

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